lunes, 17 de mayo de 2010

Blanco se va de feria

La Presidencia Española de la UE lleva tiempo pidiendo la hora. Desde hace semanas se ha convertido en una Santísima Trinidad de la Diplomacia: sonrisa, saludo y reverencia. Poco más. Lo que comenzó con el aviso de un encuentro histórico y planetario de dos líderes progresistas del mundo globalizado acaba un sábado por la noche en una feria de la TDT. Zapatero arrancó los seis meses de Presidencia Europea anunciando sanciones para el país de la UE que no cumpliera con los objetivos económicos, la estrategia 2020 lo llamaba. Ahora tras el tirón de orejas de Bruselas, la llamada de Obama y el anuncio con las medidas que nunca quiso hacer para recortar el déficit publico llega la hora de explicar lo que se va a hacer. Para ello nada mejor que uno de los pesos pesados del partido y quien sabe si el sucesor del propio Zapatero. Como la política está en todos los ámbitos de nuestra vida, al menos eso dicen, el sábado por la noche me preparé unos gin-tonic y unos aperitivos para ver en familia la entrevista con José Blanco en La Noria. Me habían advertido que al igual que hace unos días el chófer de la Pantoja o la secretaria de Carmén Ordóñez, José Blanco lo iba "a contar todo". Pensé en su infancia en Lugo, sus juergas en San Froilán, sus veranos en Palas de Rey, la empanada de lamprea o cómo dejó de ser Pepiño para ser José. Pero no. Me encontré con un político que acudía a un programa de máxima audiencia a explicar de manera didáctica lo que supone la congelación de las pensiones, la rebaja del 5% de media del sueldo de los funcionarios o la supresión del cheque-bebé. No fue a hablar de sí mismo. Imagino que para Blanco ir a este espacio fue tan agradable como cuando la pasada semana Zapatero se subió a la tribuna de oradores del Congreso a anunciar justo lo que no quería, pero hay demasiados votos en juego… Teniendo en cuenta que por la mañana repitió los mismos argumentos en el profundo programa de radio de Isabel Gemio, supongo que a partir de ahora no será extraño ver a blanco en las tertulias de Sálvame, aguantando los reproches de los miembros del jurado de ¡Mira Quién Baila! o dando la información del Tiempo, que es lo que más se ve. Así que cuando vuelva a explicar que congelar las pensiones es conservarlas sin frío ni calor, sino todo lo contrario, no me extrañaría nada que la Patiño de turno le reproche eso de: ¡Es que has venido aquí a llevártelo muerto!

Diario de un Demente: Orgullo



El Estudiantes y el Baskonia se encuentran en el camino hacia el título. Dos clásicos frente a frente y con Suárez en el quinteto ideal de la ACB. Casi nada.

Hay una palabra en el diccionario que nos viene al pelo ahora mismo. Es orgullo. Un sustantivo que aplicado al baloncesto se magnifica. Pero el orgullo va inseparable a la trayectoria de grandes equipos, desde los Celtics de Boston al Estudiantes del Ramiro de Maeztu. Después de una impecable temporada regular el Asefa Estudiantes tiene como próximo objetivo el Caja Laboral. A priori, las casas de apuestas dan como favoritos a los de Ivanovic, pero los partidos se deciden en la cancha y el orgullo no conoce límites. Ahí puede estar la diferencia entre jugar la semifinal de la ACB o no.


La conocida fuerza reboteadoras de los de Luis Casimiro, unas rotaciones basadas en el sentido común y la capacidad para sorprender con inesperadas soluciones ofensivas pondrán en aprietos al Baskonia. El Estudiantes juega en bloque y la filosofía del club es lo que sobresale. No hay estrellas, sólo toreros de la Demencia.Los vitorianos tienen a Tiago Splitter, designado el mejor jugador de la temporada, y un equipo con potencial suficiente para aspirar a llevarse la ACB.


Pero un play-off da para mucho y esta misma temporada basta mirar a la NBA para comprobar como la combinación entre defensa y orgullo es capaz de llegar lejos. LeBron James, la estrella de las Cleveland Cavaliers, tiraba su camiseta en el vestuario tras la derrota definitiva ante los Celtics. Nadie apostaba por el equipo del Big Three en su serie pero tirando de orgullo, esfuerzo y sacrificio le regalaron un billete de vacaciones anticipadas a la rutilante estrella de los Cavaliers. El equipo de Luis Casimiro llega pletórico al cruce con el Caja Laboral y con Carlos Súarez en el quinteto ideal de la liga. Es el rookie de los cinco magníficos de la ACB y la demostración de que el baloncesto de cantera sobrevive ante tanta chequera. Ahora toca soñar.


Tras el partido ante el Obradoiro, el jueves llega la hora de disfrutar de verdad. Cualquier jugador o técnico que haya disputado un partido de playoff sabe que es algo distinto. Jugar en el alambre, pero por el título, hace que los fantasmas se olviden hasta explotar las situaciones límite. Y hay margen para la sorpresa. El cuadro de cuartos de final se presenta apasionante. Nadie quería enfrentarse al Unicaja de Aíto y al final será el Powers Electronic Valencia su rival. Saltarán chispas porque los del Málaga están encontrando el sitio que nunca debieron abandonar.


El errático Real Madrid tiene un choque trampa con el Cajasol. Y ya se sabe que eso de los ex... tiene su morbo. ¿Joan Plaza tiene algún motivo de venganza? El Regal Barcelona es el equipo a batir y, visto lo visto, está por encima del planeta basket. Pero el Gran Canaria ya sabe lo que es ganarles. Sólo una duda antes de los playoff. ¿No es esperpéntico que piten árbitros estadounidenses, un griego y un bosnio? ¿Nadie va a arreglar esto?

viernes, 23 de abril de 2010

Aeropuerto 2010


Las vidas invisibles, que son las que hacen que el mundo se mueva y casi nunca hacen ruido, salvo que se vean alteradas en momentos puntuales, son tan interesantes como los reportajes de las tribus intactas y ajenas de a la civilización que rescata el National Geographic. La cosa es que los aeropuertos están llenos de vidas anónimas, personas que tienen mucho que enseñar y escasas razones para palidecer, pero que en algún momento también actúan como una tribu. La tribu a la que me refiero no está formada por caníbales, ni por habilidosos trepadores de árboles unidos a la pachamama, ni seres que prescinden de la necesidad de adaptar su ritmo a la vida con el mismo ansia que el llamado mundo civilizado. Es la tribu de los aeropuertos, una población tan nómada como los tuaregs y tan hambrienta como los masai, pero con roles dignos de estudio cuando falla el sistema. No es la primera vez que en esta columna escribo que me gustan los aeropuertos. Prefiero viajar, sin duda, pero pasar una tarde (y casi una noche) en un aeropuerto estimula la imaginación. Es participar de una ilusión sin la necesidad de hacer cola para facturar, ni medir ni pesar la maleta para que el low cost no se salga de presupuesto y sin tomarse tranquimacines antes de subirse al avión. La vida en los aeropuertos es lo que más se parece a un Estado ideal. Todo el mundo es de alguna parte, va y viene, pero no importan ni los colores ni las nacionalidades. Es un mundo que está lleno de esas vidas anónimas e invisibles. Abres los ojos y en tu campo de visión aparece la globalización casi en su estado más puro. La cosa es que la nube volcánica procedente de Islandia ha vuelto a dejar al descubierto la fragilidad de las sociedades avanzadas. Con centenares de vuelos cancelados y miles de viajeros atrapados en los aeropuertos las historias humanas son las que sirven para replantearse las cosas. En el caos es donde surge la necesidad de organizarse y eso es lo que muchos demandaban en las terminales de los aeropuertos. Es algo humano y siempre surge alguien con madera de líder. En la última odisea aeroportuaria hablé con un tipo que su mayor temor era que se militarizara la espera. Imaginé varias unidades armadas, música castrense y todos en fila de a uno al grito de ¡Arr! Mientras los taxistas hacían cálculos en los aparcamientos de las terminales de lo que cobrarían por llevar a Cherburgo a una pareja desesperada lo que me planteo es si es sólo la nube volcánica la que impide ver las pistas de aterrizaje desde el aire o es que hemos perdido la capacidad de adaptarnos a otros ritmos en la vida.

martes, 6 de abril de 2010

Más ‘Broad’ que ‘Way’


La Gran Vía siempre ha tenido para mí más de broad que de way. Será porque la veo como ejemplo de modernidad y de majestuosidad, que esconde grandes miserias solapadas en la multitud. Es un escaparate y una trastienda. Como calle es de las que es mejor evitar cuando se circula en coche. La mejor manera es vivirla en toda su intensidad, con los cinco sentidos y sin perder ripio de lo que pasa.

Todavía, cuando paseo por allí, tengo la esperanza de convertirme en funambulista y subir hasta la cúspide del edificio de la Torre de Madrid en un alambre invisible emulando a aquellos increíbles Bordini. Ahora que el faraón Gallardón aprovecha el centenario de la Gran Vía para reescribir la copla de Agustín Lara, las chulapas ya no regalan claveles, los estraperlistas no duermen en pensiones baratas, no hay cartillas de racionamiento y las sedientas chicas de alterne que frecuentaban Chicote ya no preguntan si “quieres pasarlo bien”.

En la calle Ballesta o la plaza de los cines Luna se instala ahora el glamour, pero algunos siguen montando a caballo, otros hacen del cartón su colchón y los rijosos y desaliñados de turno no quitan el ojo a mujeres que se ganan la vida en medio de la sordidez. Territorio comanche, al fin y al cabo, con diseño o sin él. La Gran Vía es bipolar, combina lujo y miserias; vanguardia y antigüedad; tristeza y esperanza; rolex y navajas; cócteles y jeringuillas, ... pero todo es a lo grande.

La Gran Vía es tan universal y personal como uno quiera. Hace algun tiempo coincidí fuera de Madrid con uno de esos tipos curiosos que nunca pasan inadvertidos. Entre vino y vino me confesó que sólo había salido dos veces de su pueblo. Una fue para hacer la mili en Sidi Ifni, a principios de los sesenta, y la otra para viajar a la gran capital y conocer la Gran Vía. Allí, como tantos otros, dejó de ser forastero, bailó en el Pasapoga y vio películas de estreno en el cine Rex o el Azul.

Desde entonces, en cuanto se pimpla un poco rememora su viaje a Madrid al incauto de turno que pilla por sorpresa. Pero como yo soy de los que creen que aunque uno salga del pueblo, el pueblo nunca sale de ti, cuando pisé Broadway, el de verdad, el de Nueva York, creía que la Gran Vía es más broad que way. Miré y rebusqué por todas partes y no encontré más que carteles de musicales. Pero de ese templo de la suntuosidad y el lujo con aspiración burguesa que se llamó Pasapoga, en un bajo de la plaza de Callao, no encontré ni la sombra.

sábado, 27 de marzo de 2010

Ideales


Después de años creyendo que se puede interpretar el mundo a través de un reportaje y huir de los mares cenagosos he decidido resignarme. La reciente guerra por los derechos televisivos del fútbol y la televisión de pago han puesto patas arriba los cimientos de los grandes medios de comunicación. Será porque el mando a distancia sólo marca la cuenta de resultados. Los empresarios de comunicación, lleven tirantes, chaqueta de pana o gafas de intelectual no entienden de ideales, pero sí de negocio. Prefieren el neorrealismo televisivo del que presume Jorge Javier Vázquez con toda su mala baba para justificar la dosis diaria de telebasura a los documentales de La 2. El negocio de la tele, al fin y al cabo, ha archivado los estatutos de redacción, libros de estilo y todas esas herramientas de buenas maneras de las que viven los teóricos de la profesión. En su lugar, de lo que se trata es de rentabilizar la inmediatez. Ahora, el negocio es llevar los partidos de futbol hasta tu teléfono móvil hasta el punto de que el enredo de la televisión de pago ha sido capaz de crear alianzas imposibles o editoriales inimaginables por encima de ideales. “La fábrica funciona mejor que nunca”, acaba de decir Jaume Roures, el jefazo de Mediapro, la empresa que tiene los derechos del fútbol y que espera facturar 200 millones de euros más que el año pasado. Ya no enamora Jean Seberg repartiendo periódicos en los Campos Elíseos; sino el pay per view. Ahora que celebramos el vigésimo aniversario del fin del muro de Berlín, ese obstáculo hecho de hormigón, alambres, puños y sufrimiento, recuerdo las imágenes que vi por televisión aquel noviembre de hace veinte años. Ahí no había negocio, sino ilusión por acabar con un muro vergonzoso en el que muchas personas dejaron su vida mientras otras miles soñaban a diario con otra existencia más allá de aquellos ladrillos. Pero ahora es como si eso no fuera más que un recuerdo vago. El neorrealismo televisivo que proclama el presentador de Sálvame, tan hipócrita como den de sí las vísceras de sus invitados, es lo que se lleva. Así que no me queda más remedio que revisitar la nouvelle vague. En sus películas encuentro más lugares comunes con ese maldito muro que en ese neorrealismo rosa de postín. Veo Al final de la escapada, de Godard, y siento tanta emoción como los alemanes que derribaron el muro para chocar con la libertad.

Pederastia clerical

Escribir una columna permite ajustar cuentas con la realidad. Es una manera de poner las cosas en su sitio, que los recuerdos y las opiniones se doblen como la ropa en el cajón de un armario. Un día abres estos cajones, lees las columnas y refrescas ese curioso mecanismo que es la memoria. La opinión que aparece en esas líneas forma parte del ADN ideológico, es el pensamiento en negro sobre blanco. No creo que se pueda vivir sin recuerdos, aunque ahora parece que borrar los reveses de la vida, el dolor y hasta los delitos será posible. Un grupo de científicos de la Universidad de Nueva York está convencido de que se pueden eliminar los malos recuerdos antes de almacenarlos en la memoria. Es lo que faltaba en esta sociedad del bienestar en la que siempre creemos que el sufrimiento es de los otros, en la que nos atemorizan con milongas del fin del mundo por pandemias como la Gripe A y en la que seguimos comiendo mientras en el telediario nos cuentan con todo lujo de detalles cómo un mercado de Bagdad ha reventado por un bombazo. Si se llegase a dispensar esta pastilla de la amnesia en el futuro, como si fuera paracetamol o viagra, más de uno sacaría provecho. Con alzacuellos o sin él. Borrar los recuerdos es dar un paso más para vivir en la mentira e incluso en el delito; es como separar el Bien y el Mal a gusto del consumidor. Una expiación química en toda regla. Por desgracia, ambos existen y la Iglesia lo sabe bien, lo mismo que la basura que han tapado de puertas adentro. El Papa Benedicto XVI carga con la pesada cruz de la pederastia y los abusos sexuales cometidos por muchos sacerdotes católicos. Ha dado pasos importantes, como la carta pastoral en la que pedía perdón por los abusos cometidos con menores en Irlanda o el mea culpa en el Ángelus dominical. Pero no es suficiente. Ya no es cuestión de lavar los trapos sucios en casa ni conformarse con decir que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El Papa está viviendo su calvario particular con el incesante goteo de casos, pero es una buena oportunidad para que la Iglesia actúe con firmeza. Su credibilidad está en juego. Lo malo es que hay personas que jamás podrán olvidar los abusos que sufrieron por parte de curas indignos. Sólo pueden aprender a vivir con ello.