sábado, 27 de marzo de 2010

Ideales


Después de años creyendo que se puede interpretar el mundo a través de un reportaje y huir de los mares cenagosos he decidido resignarme. La reciente guerra por los derechos televisivos del fútbol y la televisión de pago han puesto patas arriba los cimientos de los grandes medios de comunicación. Será porque el mando a distancia sólo marca la cuenta de resultados. Los empresarios de comunicación, lleven tirantes, chaqueta de pana o gafas de intelectual no entienden de ideales, pero sí de negocio. Prefieren el neorrealismo televisivo del que presume Jorge Javier Vázquez con toda su mala baba para justificar la dosis diaria de telebasura a los documentales de La 2. El negocio de la tele, al fin y al cabo, ha archivado los estatutos de redacción, libros de estilo y todas esas herramientas de buenas maneras de las que viven los teóricos de la profesión. En su lugar, de lo que se trata es de rentabilizar la inmediatez. Ahora, el negocio es llevar los partidos de futbol hasta tu teléfono móvil hasta el punto de que el enredo de la televisión de pago ha sido capaz de crear alianzas imposibles o editoriales inimaginables por encima de ideales. “La fábrica funciona mejor que nunca”, acaba de decir Jaume Roures, el jefazo de Mediapro, la empresa que tiene los derechos del fútbol y que espera facturar 200 millones de euros más que el año pasado. Ya no enamora Jean Seberg repartiendo periódicos en los Campos Elíseos; sino el pay per view. Ahora que celebramos el vigésimo aniversario del fin del muro de Berlín, ese obstáculo hecho de hormigón, alambres, puños y sufrimiento, recuerdo las imágenes que vi por televisión aquel noviembre de hace veinte años. Ahí no había negocio, sino ilusión por acabar con un muro vergonzoso en el que muchas personas dejaron su vida mientras otras miles soñaban a diario con otra existencia más allá de aquellos ladrillos. Pero ahora es como si eso no fuera más que un recuerdo vago. El neorrealismo televisivo que proclama el presentador de Sálvame, tan hipócrita como den de sí las vísceras de sus invitados, es lo que se lleva. Así que no me queda más remedio que revisitar la nouvelle vague. En sus películas encuentro más lugares comunes con ese maldito muro que en ese neorrealismo rosa de postín. Veo Al final de la escapada, de Godard, y siento tanta emoción como los alemanes que derribaron el muro para chocar con la libertad.

Pederastia clerical

Escribir una columna permite ajustar cuentas con la realidad. Es una manera de poner las cosas en su sitio, que los recuerdos y las opiniones se doblen como la ropa en el cajón de un armario. Un día abres estos cajones, lees las columnas y refrescas ese curioso mecanismo que es la memoria. La opinión que aparece en esas líneas forma parte del ADN ideológico, es el pensamiento en negro sobre blanco. No creo que se pueda vivir sin recuerdos, aunque ahora parece que borrar los reveses de la vida, el dolor y hasta los delitos será posible. Un grupo de científicos de la Universidad de Nueva York está convencido de que se pueden eliminar los malos recuerdos antes de almacenarlos en la memoria. Es lo que faltaba en esta sociedad del bienestar en la que siempre creemos que el sufrimiento es de los otros, en la que nos atemorizan con milongas del fin del mundo por pandemias como la Gripe A y en la que seguimos comiendo mientras en el telediario nos cuentan con todo lujo de detalles cómo un mercado de Bagdad ha reventado por un bombazo. Si se llegase a dispensar esta pastilla de la amnesia en el futuro, como si fuera paracetamol o viagra, más de uno sacaría provecho. Con alzacuellos o sin él. Borrar los recuerdos es dar un paso más para vivir en la mentira e incluso en el delito; es como separar el Bien y el Mal a gusto del consumidor. Una expiación química en toda regla. Por desgracia, ambos existen y la Iglesia lo sabe bien, lo mismo que la basura que han tapado de puertas adentro. El Papa Benedicto XVI carga con la pesada cruz de la pederastia y los abusos sexuales cometidos por muchos sacerdotes católicos. Ha dado pasos importantes, como la carta pastoral en la que pedía perdón por los abusos cometidos con menores en Irlanda o el mea culpa en el Ángelus dominical. Pero no es suficiente. Ya no es cuestión de lavar los trapos sucios en casa ni conformarse con decir que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El Papa está viviendo su calvario particular con el incesante goteo de casos, pero es una buena oportunidad para que la Iglesia actúe con firmeza. Su credibilidad está en juego. Lo malo es que hay personas que jamás podrán olvidar los abusos que sufrieron por parte de curas indignos. Sólo pueden aprender a vivir con ello.